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No les negaré que he tenido la tentación de convertirme en uno de esos músicos de la película del Titanic, que mientras se hundía el barco y cundía el pánico en cubierta, decidían tocar una bonita serenata para distraer al personal, conscientes que poco o nada podían hacer ellos para salvar sus propias vidas o la suerte del barco. Pero cuando ya estaba afinando mi violín y dudaba qué nueva Directiva o Reglamento Europeo con impacto para nuestro sector podía llamar más su atención, he tenido un ataque de atrevido heroicismo o imprudencia, y si bien lo que lean a continuación no sirva para salvar Europa de la crisis en la que está inmersa, al menos quedará mi mensaje en una botella…
 
Europa no sólo sufre una crisis económica y financiera. Esta es solo consecuencia de una crisis más profunda de falta de valores y liderazgos. Un ejemplo claro lo encontramos en que ningún país europeo ha sabido gestionar satisfactoriamente el fenómeno de la inmigración. Que nadie me malinterprete. No estoy en contra de la inmigración. Al contrario, necesitamos una inmigración controlada para seguir creciendo económicamente y poder mantener el Estado del bienestar. Sin ir más lejos, un estudio de la Fundació la Caixa concluía recientemente que los inmigrantes aportan a las arcas del estado español más de lo que cuestan. Pero cuando digo que ningún país europeo la ha sabido gestionar satisfactoriamente, me refiero a su falta de integración y arraigo. Y las consecuencias nefastas que de ello se derivan. Las revueltas de Francia de Noviembre del 2005 o los episodios vividos este año en el Reino Unido son un ejemplo de esta falta de valores. No pasa lo mismo en Estados Unidos. Da igual de qué raza, religión u origen seas. Un ciudadano americano se siente fuertemente arraigado a la nación estadounidense, y está dispuesto a asumir sacrificios económicos y sociales en aras a un bien común. En Europa si a la falta de arraigo a la sociedad a la que perteneces, le añades una pérdida generalizada de confianza en la clase política, el cóctel está servido. Y no es para menos. ¿Qué se puede esperar de unos políticos que no escuchan a sus conciudadanos y nos avergüenzan con su falta de atrevimiento para regular los desfases de los grandes Holdings bancarios y de ese ser superior llamado “Mercado”?
 
En mi artículo ¿Cuándo nos dirán la verdad? del pasado 7 de Setiembre me cuestionaba qué político europeo se atrevería a contar a la ciudadanía que el problema lo creamos nosotros, o mejor dicho, los gobiernos de los países miembros de la Unión Europea, cuando decidieron abandonar el proyecto de construcción de europea, y evolucionar hacia a una Europa intergubernamental, incapaz de gestionar la complejidad del puzzle de intereses nacionales cruzados.
 
Como si tuviese dotes de pitoniso, apuntaba en Setiembre que a la política económica comunitaria le faltaba credibilidad y le sobraban reuniones vacías de contenido del ECOFIN, con rescates-parche que calificaba de pan para hoy y hambre para mañana. Vaticinaba que Europa sólo dejaría de verse afectada por las especulaciones de los mercados cuando el inversor recuperase la confianza en la economía europea. Y avanzaba la medicina (conocida por una gran mayoría de analistas) en que la confianza solo se recuperaría con una política económica europea que incluyera la integración de las políticas financieras y presupuestarias de la zona euro y una política fiscal común. El problema de la receta apuntada radicaba en que tales medidas implicaban cesiones de soberanía de los Estados miembros y éstos sólo accederían a ello si se veían muy presionados y no tenían otro remedio. Y llegamos al Consejo Europeo celebrado el 8-9 de diciembre de 2011, que se había presentado en círculos políticos y periodístico como una especie de asalto decisivo de la Unión Europea en su lucha contra la crisis de deuda soberana que se iba a librar, esta vez, al borde del colapso del euro. En la medida que éste no se ha producido –al margen de la fractura producida por la autoexclusión británica del acuerdo– las primeras reacciones a la reunión por parte de los líderes, la prensa e incluso los mercados fueron netamente positivas. Sin duda, la moneda única es más fuerte después de la reunión que antes. Pero también es cierto que, como en anteriores ocasiones durante los últimos 18 meses, el Consejo Europeo no ha servido para “salvar al euro” y mucho menos para resolver la crisis, sino más modestamente para alcanzar un acuerdo de mínimos que permite volver a ganar tiempo. No se han conseguido disipar las enormes dudas que se ciernen sobre la viabilidad de la moneda única pero sí se ha reafirmado la voluntad política de proteger el proceso de integración con nuevas cesiones de soberanía y se han logrado algunos avances concretos en el diseño de la nueva arquitectura de gobernanza de la zona euro que merece la pena destacar. El más importante sin duda es que todos los países constitucionalizarán la regla de oro presupuestaria, que requiere un equilibrio entre ingresos y gastos públicos a lo largo del ciclo –algo que ya han hecho Alemania y España– estableciéndose el tope máximo de déficit público estructural en el 0,5% sobre el PIB. Además, los presupuestos y las políticas de reforma estructural pasarán a estar supervisados por la Comisión, que podrá vetar las cuentas públicas anuales si los países están recibiendo financiación del fondo de rescate europeo. En caso de que un Estado incurra en un procedimiento de déficit excesivo, se revierte el sentido de la votación para la imposición de sanciones propuestas por la Comisión; es decir, las sanciones serán automáticas salvo que haya una mayoría cualificada de estados de la zona euro que se opongan. La pregunta es ¿funcionará esta vez el sistema de sanciones para los gobiernos que incumplan los límites máximos de déficit (3% del PIB) y deuda (60%) que marca el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, tal y como defiende el propio Banco Central Europeo?. El problema es que dicho Pacto nunca se llegó a aplicar en serio: en la UE se registraron 97 casos (país/año) de déficits por encima del 3% hasta 2010, y de éstos menos de un tercio (29) coincidieron con una gran recesión interna, con lo que no habría base alguna para justificar los 68 casos restantes.
 
El auténtico balance positivo de la cumbre es la expresión de una voluntad política clara –liderada por Alemania, secundada por todos los demás miembros de la zona euro y apoyada por nueve de los diez Estados miembros que no tiene el euro como moneda– de preservar el proyecto de la Unión Económica y Monetaria. En otras palabras, los Estados, que se han visto forzados a ceder la soberanía que jamás en otras circunstancias hubiesen cedido, han vuelto (Reino Unido al margen) a la senda de la integración europea que jamás debimos haber abandonado. Europa ha empezado a dar los pasos que la llevarán a ser la solución en lugar de una de las causas de la crisis actual. Pero no nos engañemos. No se ha debido a ninguna epidemia de europeísmo que ha azotado al continente, sino que nuestros “no lideres”, Merkel y Sarkozy a la cabeza, se han visto obligados a retomar el proyecto de integración europea porque no les queda otra salida. Ni sus economías aguantarían la disolución del euro y del proyecto europeo. Lo que todavía se dejan en el tintero, para cuando el agua les llegue al cuello de verdad, es avanzar hacia una Unión Fiscal, es decir, establecer un marco de impuestos común para toda Europa. Eso significaría que todos los países europeos tendrían los mismos impuestos, aunque cada uno de ellos dentro de sus competencias podría establecer, como sucede actualmente en las autonomías españolas, las desgravaciones que consideren necesarias para llevar a cabo sus propias políticas fiscales, financieras y económicas.
¿Y todo este movimiento armonizador europeo en qué medida afecta a nuestro sector? La armonización fiscal habla por si sola. Por ejemplo, ningún país o territorio podría crear ningún impuesto o tasa unilateralmente. Los hoteleros catalanes agradecerían tal medida ya que no se verían perjudicados por la aplicación de la futura tasa turística exclusivamente para su territorio a partir del 2012, ya que la tasa en cuestión se aplicaría en toda Europa o simplemente no existiría. Pero no todo serían buenas noticias, si bien se permitirían ciertas desgravaciones para llevar las políticas fiscales nacionales, la armonización del IVA para todos los bienes y servicios sería un hecho, con el consiguiente perjuicio para nuestro sector que vería como, lejos de conseguir un segundo tipo de IVA reducido del 5% para el turismo (el tipo super-reducido del 4% ha sido siempre imposible), a la prestación de nuestros servicios se le aplicaría un tipo normal de IVA, que presumiblemente será más elevado que el 18% actual ya que sería el mismo para toda Europa. Pero no nos detengamos en aspectos fiscales. La ola integradora, armonizadora europea llegará a cuestiones que también antes parecían coto privado de los Estados: clasificación hotelera, seguridad en los hoteles y prevención de incendios, movilidad laboral… y todo en aras de la necesidad de unidad de mercado que la economía europea reclama.
Y ¿cuándo tomarán estas medidas necesarias en lugar de ir siempre a salto de mata para ganar sólo tiempo? Falta liderazgo y a la vez, ¿qué harían todos los políticos, expertos y funcionarios que viven de este triste circo llamado política económica europea los próximos cuatro meses?. Mientras tanto, iré afinando mi violín…
 
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